
Solo las personas íntegras gozan del privilegio de sentirse en paz
La integridad se define como “El estado del ser completamente unificado”. Moralmente soy íntegro cuando mis palabras, pensamientos y actos concuerdan perfectamente. Soy quien soy, no importa donde esté o con quien esté.
Otra definición de integridad nos dice: “Carácter de lo que está intacto, sin disminución ni alteración; carácter del que es de una probidad escrupulosa; cualidad de quien es integro, es decir, una probidad incorruptible”. (Diccionario del lenguaje filosófico).
La integridad está en crisis en todos los niveles de la sociedad: político, económico, social cultural y lo más triste de todo, el religioso, que se supone debe propugnar y defender los valores espirituales y morales.
Ser un hombre o una mujer integra se hace cada vez más raro; y esta virtud se ha convertido en una especie de planta exótica en nuestro mundo pos-moderno. Sin embargo, se sigue requiriendo al menos teóricamente como cualidad indispensable para ejercer cualquier puesto de responsabilidad.
La integridad tiene mil enemigos. Uno de ellos es la búsqueda del éxito o las ganancias a toda costa por la vía más rápida y sin importar los medios. La hipocresía es otro enemigo de la integridad, porque es como el manto del disimulo y la apariencia que cubre la deshonestidad y hace aparecer como “bueno” o “justo” lo que en realidad es “malo” e “injusto”.




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