
No queda más que retornar a la práctica de virtudes olvidadas que ennoblezcan la personalidad.
Hoy más que nunca frente a la convulsión moral, cívica, política y económica que vive el mundo, es necesario analizar las razones por las cuales hemos llegado a límites inimaginables de corrupción y caos.
Sin tratar de llegar a aquel aforismo conocido de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” tenemos que concluir que con los avances tecnológicos y sofisticados que ha dado un impulso científico y cultural no es menos cierto que los valores morales y éticos han venido en decadencia casi total.
Seguramente esto obedece a la supresión en los programas de estudio de aquella área que con tanto amor, interés y pasión, aprendíamos, disentíamos y tratábamos de hacer vivencia diaria en escuelas y colegios, en la familia y en la sociedad en general de lo que se llamaba “Educación Moral, Urbanidad y Cívica”. Conocíamos por ella los deberes y derechos del hombre.
Se menospreció esa disciplina y se nota una crisis e indiferencia marcada en especial en la juventud actual convirtiéndola en jóvenes egoístas en los que prevalecen los intereses personales.
Mi pregunta es ¿Qué hacer frente a este estado de deterioro social?.
No queda más que volver por los fueros de la moral, urbanidad y cívica, retornar a la práctica de virtudes olvidadas que ennoblezcan la personalidad, desechando los valores negativos llegando de este modo a la práctica del bien común.




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