
Tiempo de Navidad, tiempo de tener ojos para ver y corazón para compartir, especialmente con los más pequeños.
Había bastantes miembros aglutinados en las congregaciones cristianas, en reuniones dominicales y liturgias gratificantes. En programas de damas, niños, jóvenes y parejas; todo sólo para ellos, engolosinados en estar juntos. ¡Qué manera de permanecer entre cuatro paredes!
Había, a la vez, muchos niños desarrapados, de pies descalzos; unos cuantos afortunados de zapatos raídos. En total desaseo. Que mostraban claras señales de hambre y desnutrición, que se acercaban a los escaparates de luces, juguetes y dulces navideños.
Con su resuello boca en vidrio, dejaban neblinas sucias que empañaban las adornadas vitrinas. Mientras adentro, un jaleo de compras y ventas con gente estresada por la corriente consumista que ha desplazado a la hogareña, espiritual y solidaria celebración del nacimiento del Dios entre nosotros.
También de en medio de las barriadas donde están las congregaciones, son estos rapazuelos marginados, de caritas tristes y corazones que se les sale por la boca, cuando en tono lastimero imploran a los epulones postmodernos, -Una caridadcita para comprar un juguete-, o por lo menos, -Vea señorcito, un caramelito regale- para chuparse entre los labios resecos.
No me estorbes el paso, muchacho sucio, retírate. Mujer, cuidado con los paquetes-. ¡Estos guambras son peligroso!, gritan los derrochadores del décimo tercer sueldo o los que dejan saqueadas sus tarjetas de crédito hasta marzo del próximo año. Los que cargan paquetes con millones de risas y sueños satisfechos. Los que celebran cenas y banquetes sólo entre los suyos. Y... ahora que se fija la vista, ¡algunos de esos epulones se reúnen en las congregaciones!
Aconteció que murieron esos pobres niños de caritas tristes, y fueron llevados por los ángeles al seno del Padre Eterno. Y murieron también esos epulones, entre ellos los congregantes, y fueron sepultados.
Y en un lugar donde no está Cristo, alzaron sus ojos, estando en tormentos, y vieron de lejos a Dios, y a los niños en su seno.
Entonces, dando voces, dijeron: Padre Eterno, ten misericordia de nosotros, y envía a los niños para que mojen la punta de sus dedos en agua, y refresquen nuestras lenguas; porque estamos atormentados en esta llama.
Mas Dios dijo:
“Si no oyen ni obedecen a Moisés ni a los profetas, ni a los Evangelios, ni siguen el ejemplo de vida y ministerio de Jesús, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos”.












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